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AMARAÑA
Instalación
Espacio Cabeza,
Guadalajara, México.
2026




Sentir el cuerpo como paisaje, como territorio: ahí donde el binomio naturaleza-cultura deja de sostenerse como frontera y se revela, más bien, como un nudo. Amaraña es un ejercicio de desdibujar esa separación heredada, a partir de un archivo de pensamientos, sonidos, imágenes y movimientos que se entrelazan sin jerarquía, como raíces bajo la tierra. El proyecto responde a la actual emergencia ecológica con la voluntad de imaginar otras narrativas, otros deseos, sensibilidades y formas de habitar: una coexistencia empática, una simbiosis posible entre especies, un pensar-con, un devenir-con, un moverse-con —raíces, mitos, animales, territorios, danzas y sombras— que no buscan resolver la complejidad multiespecie, sino habitarla.

Esta ficción especulativa nace en los paisajes de São Luís y Alcântara (Maranhão, Brasil), de las conversaciones con habitantes y agentes culturales y artísticos locales, y se teje a partir de dos orígenes que parecen opuestos y que, sin embargo, comparten la misma forma: un mito y un paisaje, una leyenda y una raíz. Se cuenta que bajo la ciudad de São Luís vive una serpiente que se alimenta de mentiras y leyendas —Maranhão, después de todo, puede leerse como una mentira bien engendrada—, y que el día en que esa serpiente crezca lo suficiente para morderse la cola, la ciudad colapsará sobre sí misma. No muy lejos de ese relato subterráneo, el manglar —ecosistema y paisaje que da nombre a la región— extiende sus raíces enmarañadas como una escritura que no distingue entre lo que sostiene y lo que oculta. Entre la serpiente que se enrosca y el mangle que se enraíza, Amaraña encuentra su forma: la de un nudo que no buscamos desatar, sino aprender a leer.

De ahí que la obra no narre, sino que despliegue: historias, diálogos y reflexiones que pasan por la danza y por sensaciones corporales concretas, para hablar de las relaciones y transformaciones posibles entre lo humano, el paisaje y lo otro-que-humano. Como en el pensamiento tentacular que propone Donna Haraway, donde las especies se hacen y se piensan unas a otras en contacto, Amaraña no plantea al cuerpo como espectador del paisaje, sino como una de sus raíces: enredada, dependiente, indistinguible en el fondo de la maraña que la sostiene.

Quizás ahí radique el gesto de la pieza: en entender que toda maraña —ya sea mito, raíz o cuerpo— no es un problema a resolver, sino una forma legítima de existir en relación. Amaraña, entonces, no es solo el nombre de una región ni la metáfora de un nudo: es el recordatorio de que naturaleza y cultura siempre han sido lo mismo, enredadas la una en la otra, desde el principio, desde siempre.

Marco Valtierra