PLO-ON
SUDANDO BARRO GIRA LA MONTAÑA
Performance
En colaboración con el músico Curro Escalante.

2023


En el marco de Aptitudes, el encuentro de cultura contemporánea Alfonso Ariza de La Rambla, Córdoba, (con la colaboración de la Fundación Rafael Botí). La propuesta centra toda su atención en el paisaje de La Rambla y en el oficio ancestral del alfarero y en su espacio de trabajo, con el barro y el agua como principales elementos. Se presenta en el taller de Alvaro Montano, de los últimos tradicionalistas que utilizan el barro obtenido en la zona. La pieza hace una lectura del espacio como una extensión del paisaje y ecosistema del municipio, construyendo un ritual a partir de los sonidos y movimientos que rodean el trabajo de este material.











PLO-ON

SUDANDO BARRO

GIRA LA MONTAÑA



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1



Sudar la tierra, durante un rato no paro de cavar… cavo y cavo, sin pala, con las uñas, hasta partirlas. Los dedos degollados de raspar las piedras, comienzo a morder la tierra, La boca abierta, quieta, el cuerpo ejerce de palanca como si fuese la pala. ¿Qué mas puedo hacer ademas de cavar? Besar y cavar. Atesoro la tierra, cavar (y besar) es ilegal.



Contiene viruta, y polvo de aquellos que siempre quise conocer.

El botijo suda. Yo sudo el barro. Embarrados como niños. Felices como niños, al tocar la tierra. Barro (verbo) el polvo y la suerte de aquello que siempre es dulce, enraizo aquello que supera cualquier economía.

Vareo las aceituna aromadas por el rio seco, la sal, el aire terroso, y las plagas de la memoria. Embalsamos la tradición de aquello que no oscurece los puntos ciegos de sus uñas, las mismas que raspan el suelo, las que abren los higos, arañan tu espalda y cosquillean el alma. Observo las roturas de los botijos que sirvieron para ensayar, para mover el aire que existe entre el torno y el color azul pálido de nuestra relación atómica. Fundirme en la tierra fue tan placentero como desplazarme deslizando los pies, gorgoteando el barro, chapoteando el agua, salpicando pintura y haciendo marchitar nuestras enemistades.



Fundidos los dos, y llenos de empatía. La mano se convierte en el tronar de las tinajas, el codo da fuerza a la excavación, el hombro impulsa el tiempo giratorio, el cuello conecta lo impensable, el pecho gira, rebota y sacude con orgullo para recordar las peores épocas, el estómago digiere enraizado las siestas bajo el olivo. La cadera sobrevive posada sobre una silla en la que no apoyas el trasero entero pero que nos sirve para descansar, y trabajar descansando. Las rodillas duelen, solo duelen. Los tobillos, cerca de la tierra son felices. Los dedos de los pies, huelen a hierbas y arbustos. Los pocos que dan firmeza a los campos secos que les rodean. En toda esta cuerpa embarrada con el tiempo y polvo de los ríos lejanos, se da la posibilidad de despistarse por instantes de lo que creyó separarla de su habitat.



Con cada movimiento, irracionalmente me acerco a la imaginación de mi cuerpo sumergido en el escenario del barro, el botijo, el torno, el taller y la producción artesanal casi en masa. Se funde sin recuerdos, pues soy extranjero de mi propia imaginación.



En esta serie de delirios embarrados practicamos el acto de fundirnos (todavía más) en el paisaje, sus sensaciones y sus particularidades. Desintegramos cuerpos, y desintegramos paisaje. Desintegramos naturaleza y humanidad.





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2




Con los pies llamo a la tierra. Uso todo el peso. El talón cae como tromba de agua enfatizando el deseo de conversar. Mientras nos hidratamos hablamos en ritmos graves y secos, agudos zarandeados.

Estoy tan agachado que el pecho casi toca la tierra. Huelo el estremecimiento del halago, cargado de necesidad embarrada.

Se mezcla mi historia, la de la tierra, y la de los que la pisaron. Sus deseos, mis deseos, nuestros miedos, los miedos, tus traumas, nuestros traumas.

Cualquier duda acerca del tallo o las raíces, las soluciona la fusión, no así el marco o maceta que aísla la planta y seca la tierra. Sin nutrientes, solo me queda seguir zapateando la tierra. Absorbo la energía vibratoria, la humedad que mata lo reseco. El alma naranja como flor de granada conserva una idea trémula de esta danza. El dolor del músculo parece derretir la madera de las raíces. Cera sudada, empolvada y salada enciende el estomago, liberando las emociones resguardadas durante todo el siglo pasado. 4 cm cada 10 años, la espesura pisoteada de mi imaginación. Moho, arena, cemento desgastado, uñas y pezuñas, malas hierbas, dolores, fogatas, estiércol, guerras, tubérculos, todos juntos danzan en círculo y se convierten en algo maleable.



Todo este traqueteo, toda esta pérdida de referencias temporales, espaciales, históricas y, sobre todo, del ego. Solo sirven para comenzar una conversación: “Honorar la tierra”, 3 palabras que tardamos varias danzas en formular.

Sobreentender la infravaloración del barro y embarrar los pelos de la pestañas que visionan el porvenir, eso hago al caminar lentamente, agachado y en diagonal.





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3




Mis manos, podrían revolotear cursimente como mariposa. O moverse húmedas, viscosas, saladas y resbaladizas al acariciar una cadera ancha. Un músculo endurecido por el calor del movimiento repetitivo. Una contractura que refleja, en un espacio de 2cm, el sobreesfuerzo de todo un cuerpo. La cuerpa, el cuerpe y el cuerpo asemejan la continuidad del giro en el torno. Sensualmente aparecen las curvas de los riachuelos, el brillo cristalino al romper contra las piedras. Una mirada fija en el horizonte, llena de deslaves de tierra que ocurren en la alineación de los hombros, el estomago, la cadera, las rodillas y los tobillos.

Los brazos encuadran un baile de salón en la llanura. Las traviesas caderas y la redondez de los botijos se encuentran y flirtean, algunos vacíos y otros llenos, se equilibran las aguas de ambos cuerpxs. Me humedezco, te humedeces. Al vibrar del torno que gira, revolotean de nuevo con otro matiz. Las manos siguen acariciando la tierra, el perfil de las montañas viejas, la aspereza que desaparece con las gotas de lluvia del lugar mas seco y caliente de mi imaginación.





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4



Comienza el movimiento vibratorio. Que estremece el cuerpo en una meneo inexplicable, pero que solo puede contener el movimiento de kilómetros y kilómetros de suelo al ritmo del tracatrá de unos nudillos en una mesa de bar.







Javier Velázquez Cabrero,

con Curro Escalante en el pensamiento

y el espacio de la alfarería de Alvaro Montaño